Los
chicos jugaban a la pelota todas las tardes en la plaza del barrio.
Muchos
de ellos eran compañeros de escuela, algunos intercambiaban los trabajos
escolares; pero lo que más disfrutaban era estar en grupo.
De vez en cuando aparecía un niño para el juego; no lo conocían de la escuela,
tampoco sabían dónde vivía y menos quiénes eran sus padres; cuando terminaba el
partido el niño desaparecía.
Los chicos se quedaban para repartir algún helado de agua o barritas de hielo
saborizado; compartían cuentos y chistes; una tarde invitaron al niño para
quedarse un momento, para conocer algo de él; hablaba poco, como no conseguían
mucha información, intentaban persuadirlo para que contara algo sobre él y de su
familia.
—Si nos
dices dónde vives, te dejamos tomar el helado —Uno de los chicos del grupo puso
a su alcance el helado de agua.
—No tengo
calor —contesta el pequeño.
—Pero si
tienes hambre puedes tomar el helado —insistían.
—Cuando
tengo hambre me como los sapitos. —responde desmereciendo la oferta.
—¡Qué! —Los
niños con ojos saltones, no daban crédito a lo escuchaban.
—Son ricos,
a que no lo prueban —El desafío se había revertido.
—Si vos lo
comes, yo los comeré —Un niño del grupo acepta el reto.
—Bueno, conozco
dónde hay muchos —Se levantaba del piso y salía corriendo.
—Vamos a
ver a donde se dirige —dijo uno de los chicos y siguieron al niño.
Tras
correr cuatro cuadras, llegaron a donde había un arroyo y pequeños estanques de
agua; estaba cubierto de una especie de diminutas plantas acuáticas que cubrían
los charcos, como si fuera una alfombra, era de color verde agua. No tardaron mucho cuando
vieron pequeños puntos negros que se movían sobre el manto.

El
niño irrumpe en carcajada y atrapa varias, con el puño cerrado se fue dando
pequeños saltos mientras llevaba a su boca su captura.
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